Descripción
Hay flores que no crecen en la tierra.
Constelación Interior nos enfrenta, por primera vez en la colección Liminal, a una figura que sí nos mira — o más exactamente, a una figura que mira hacia adentro. Los ojos blancos, entreabiertos como los de quien contempla algo que los demás no pueden ver, no están ciegos: están encendidos. Ven lo que no tiene forma todavía.
La aureola que corona la figura no es religiosa en su origen — aunque la memoria visual de los iconos sacros resuena deliberadamente. Aquí el halo no es otorgado por ninguna divinidad externa: emerge. Es luz propia. La misma luz que brota en el centro del pecho, donde una flor de cosmos —roja, solitaria, perfecta— crece desde el interior del cuerpo como si el corazón hubiera decidido hacerse visible.
La flor no es un adorno. Es un órgano.
El cuerpo de la figura, modelado en un azul pizarra que oscila entre lo humano y lo cósmico, está sembrado de destellos microscópicos — puntos de luz que no alcanzan a verse completamente, como estrellas vistas desde dentro. De ahí el título: no hay constelación en el cielo de esta obra. La constelación es ella.
Los velos blancos que enmarcan la composición funcionan como umbrales. No son tela: son el borde de lo visible. Lo que hay más allá de ellos no importa. Lo que importa está aquí, en este cuerpo que arde en silencio, que florece sin testigos, que sostiene su propio universo con los párpados apenas entreabiertos.
Constelación Interior es una obra sobre lo que no mostramos. Sobre el fuego que guardamos con más cuidado que cualquier secreto. Sobre la belleza exacta e irrepetible de arder sin que nadie lo sepa.
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